La ciudad y la vida en general están pobladas de personajes de todos los colores y sabores, todo un mix de personalidades que intentan resaltar en un mundo gris.
De entre toda la variedad disponible hoy me quiero ocupar de un color oscuro, uno despreciado en público y reconocido en secreto, poseedor de una de las connotaciones más negativas en la paleta social: el color de la cobardía.
Es curioso notar como las actitudes más despreciadas tienden a ser las más comunes en la vida diaria: la mentira, la infidelidad, la traición, la hipocresía y, por supuesto, la cobardía. Las podemos encontrar con tal frecuencia que apenas notamos su existencia, pero eso sí, seguimos condenándolas como aberraciones de la personalidad, claros ejemplos de la decadencia espiritual y presagios de la desgracia.
Por eso el objetivo con este escrito no es juzgar la cobardía humana, ¡ni más faltaba! Al contrario, la intención sería la de exaltar su valor cuando es reconocida. La cobardía es como el alcoholismo, se sobrelleva mejor cuando es aceptada y desmitificada, el solo hecho de sentarse frente a la pantalla del computador hoy y escribir entre signos de admiración - ¡Soy un cobarde! - sería una acción que llenaría de orgullo a cualquier miembro de honor en la doble A y digna del más solemne respeto. Y es aquí es donde entra a jugar toda la gama de tonalidades que corresponden a la odiada actitud, porque no todos los cobardes son iguales, los matices se hacen tan diversos que son incontables y por lo tanto, inidentificables en su totalidad. El que huye ante el peligro, ante el reto, ante un amigo, el que evita situaciones incómodas, el que desaprovecha oportunidades, el que calla, el que grita, el que corre, el que se detiene y muchos otros...sería imposible saber cuantas tonalidades existen. Lo único que podríamos saber con seguridad es que desde el momento en que aceptemos la existencia de esa pincelada de cobardía que adorna nuestra personalidad nos encontraremos en una sección del espectro mucho más clara y con múltiples posibilidades de combinación.
Y es que hay palabras que nunca se dicen, versos que no se escriben y canciones que jamás se cantan solo por el hecho de que aquella línea de color oscuro no adorna la vida, sino que la nubla al punto de hacerla aburrida y sumirla en un círculo vicioso de ideas perdidas y palabras al viento.
No es cuestión de borrarla, es de saberla combinar.