Durante ésta temporada se presenta en mi ciudad la feria taurina, un vestigio barbárico de lo que algunos llaman tradición o, más escandaloso aún, arte. Este escenario da paso a una gran cantidad de reacciones, de las cuales destacan las campañas en contra de las corridas por parte de activistas por los derechos animales o ciudadanos conscientes que intentan influenciar la opinión pública y darle fin a ésta actividad donde anualmente mueren decenas de animales inocentes. Es de esta forma que se abre un nuevo año con el habitual debate acalorado entre defensores y detractores.
En el marco de dicho debate, y hablando casualmente del tema, expresé mi opinión de cómo una persona que gustara de dicho espectáculo me resultaba desagradable y despreciable per se, ignorando cualquier otro talento que pudiese tener además de la capacidad de mantener una total indiferencia ante el sufrimiento y un gran amor por la crueldad. La reacción de la persona con la que conversaba fue de rechazo, ya que le parecía bastante “radical” mi posición al basarme en solo un aspecto para juzgar a una persona, y me nombró a varios personajes destacados en diversos campos que fueron o son defensores de la tauromaquia. Con respecto a éste tema quisiera aclarar que hay una distinción muy clara entre una persona y su obra. El que Fernando Savater sea un acérrimo defensor de la matanza de toros y yo un detractor bastante entusiasta no implica que no pueda apreciar su ensayo y crítica acerca de la película Blade Runner, así como el que Andrés Calamaro sea taurino no me impide apreciar su música (A pesar de que la mayoría de su música no es de mi entero agrado). Ésta separación es importante ya que es muy distinto el trato hacia alguien en una interacción directa en comparación a un acercamiento a su obra que, siendo bastante íntimo, es a su vez abstracto e impersonal.
Creo firmemente que una persona que disfruta un espectáculo en el que se asesina a un ser inocente por el simple placer de ver a un monigote haciendo ademanes que considera elegantes es una persona incapaz de sentir compasión. Tal vez dicha persona, en su hipocresía natural, exprese preocupación por la pobreza en África o la violencia que afecta a tantas personas en las zonas de conflicto, pero falla en algo muy básico: Alguien que anteponga un placer efímero a la vida de un ser inocente con la capacidad de sentir dolor y miedo no es ni será capaz de defender de la crueldad a ningún ser, sea humano o no. Ese gusto o, peor aún, indiferencia ante el sufrimiento es un indicador de las prioridades morales de esa persona, la prueba de un retorcido hedonismo que lo hace poco apto para la convivencia armoniosa en una sociedad y eso, en mi humilde opinión, lo hace una pseudo-persona, un sujeto al que no me interesa conocer más allá de lo estrictamente necesario.
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